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Sobre la Violencia...



"Las guerras a nadie engrandecen" Yoda.

Ambroise Bierce estaría totalmente de acuerdo con Yoda. Uno de los mitos más comunes es que las guerras, son gloriosas, y que en las batallas, el guerrero alcanza el honor y la gloria.
Podemos rastrear este tipo de pensamiento desde las edades más antiguas y su glorificación del más fuerte, del mejor cazador, del líder de la horda. En los escritos homéricos, por ejemplo, encontramos a Héctor, Ayax, Aquiles y hasta Patroclo, buscando la gloria y la inmortalidad a través de las hazañas en batalla. Ahí comienza una línea que podemos ver ahora en las películas de acción, con explosiones, balaceras y héroes de acción que se venden como el modelo de la masculinidad. Y si se quiere presentar a una "mujer fuerte" ésta debe recurrir a la violencia también.
Este anhelar la grandeza en la guerra se mantuvo como una verdad incuestionable en toda la antigüedad hasta llegar a la época moderna. Cuando en las grandes batallas, los combatientes aún miraban a los ojos la vida que cegaban. Pero ahora, luego de las impersonales guerras mundiales, donde decenas de miles murieron sin ver a sus agresores, atrapados en las trincheras de Verdún o el Somme, o calcinadas en Hiroshima y Nagazaki, la guerra ha perdido todo romanticismo. Y se muestran tal cual son, una sinrazón del espíritu humano, nacida de esa necesidad de imponer por la fuerza un punto de vista.
Y ahí esta el origen de esa mistificación de las guerras y los guerreros, en nuestra naturaleza violenta, en nuestra necedad mental de ejercer violencia para múltiples fines: educar, intimidar, defender, amar, convencer, resaltar, triunfar, adorar, y un largo etc, que cubre la cotidianidad del ser humano.
Hasta miles de dichos que buscan justificar este pensamiento, uno que se me viene a la mente es: las lecciones con dolor son las que mejor se aprenden, o una antigua, las letras sin sangre no entran, y hasta algunas de origen religioso, debes ser templado como el acero (o sea sometido a golpes de martillo, puesto en horno y vuelto a golpear, una y otra vez) A todo esto lo vemos normal. Gritar a los hijos, pegarles; humillar a la pareja, gritarle, recordarle nuestra supuesta superioridad.
La violencia se extiende de una manera increíble por todos lados, y la vamos tolerando y, tal vez lo peor, justificando.
Mi generación fue criada a golpes, castigos físicos por parte de padres y familiares y, ya en menor medida que décadas atrás, por docentes. Las leyes han regulado mucho este último grupo, pero no terminan de entrar en el ámbito familiar. Y para aquellos de nosotros que hemos sido criados y enseñados así, se vuelve muy, pero muy difícil abandonar estos esquemas mentales y acción. Tal vez los más conscientes, queramos reducir poco a poco el nivel de castigos y de violencia en el hogar, controlándonos, pero también es cierto que caemos en muchos estereotipos, sólo que ahora ya nadie lo reconoce mucho públicamente, por el juicio contra tales acciones. Pero para aquellos que se cierran en sus complejos y deseos oscuros de venganza, la violencia se vuelve un círculo vicioso que incluye a sus descendientes.
Tal vez lo peor de la violencia, para sociedades como la salvadoreña, es que podemos llegar a considerarla normal. Volviéndose parte de nuestra realidad. Es más, en un cruel juego psicológico derivado de tal estresante situación, buscamos traducir esa violencia en los demás ámbitos de la vida, pues vemos que funciona. El delincuente se sale con la suya, ejerce poder fáctico, es popular (como las narconovelas y su versión romántizada de tales criminales) y tiene lujos económicos fruto de otra forma de violencia, la extorsión.
Por ello la única respuesta que parece surgir contra esta problemática es ser aún más violentos. Los comentarios en las redes sociales cada vez que se menciona un hecho relacionado a la violencia de las pandillas, están llenos de la misma violencia, de la venganza, del revanchismo. ¿Dónde queda la civilidad? ¿Dónde esta el respeto a las leyes? No hay educación, ni principios ni valores ni mandamientos religiosos de toda esa gente que se expresa con un odio visceral. Y no sólo contra las pandillas, que en el caso de las victimas, podría comprenderse tal explosión de odio sin sentido, pero también para prácticamente cualquier tema lo suficientemente polémico para dividir en dos a los comentaristas.
Ya sea Monseñor Romero, cualquier partido de fútbol o, el favorito, cualquier señalamiento político para que rápidamente literalmente se rebalse comentarios de lo más ofensivo para aquel piensa diferente de mí o de él o de aquel, simplemente es intolerancia.
Y ese es uno de los origenes de la violencia, la intolerancia, el no poder soportar al otro, a sus ideas, su pensamiento, sus gustos, su vida. El ser humano tiene muy intrínseco en su vida, lastimosamente es así, y el superarlo como individuos requiere un esfuerzo y un proceso arduo y largo. Como sociedades es todavía más exigente la necesidad de cambio.


Comentarios

  1. Y se supone que en tiempos antiguos, en comunidades salvajes, esta era la única forma de solucionar los conflictos. Al parecer, en El Salvador, estamos viviendo una involución, una violencia exacerbada por parte de los mismos gobernantes, expresidentes o grupos de poder. Como mencionas, es un círculo vicioso donde "si te pagan, tenés que pegar más fuerte", y donde el tratar de comprender al otro, tratar de quitarnos las gafas de la ideología para poder ver lo que realmente está ahí, es muy difícil, casi imposible. Pero vamos, a parte de los factores psicológicos o espirituales, a las condiciones de estrés que vivimos hoy en día: queremos las cosas YA!, no alcanza el dinero para los recibos y las deudas, no vivimos seguros ni en nuestros trabajos ni hogares... se ha creado una psicosis tan yuca que es realmente extraño encontrar a muchas personas contentas, felices, en un solo lugar en un día cualquiera. Pero, además de cambiar estas condiciones (y hasta medios masivos) que generan violencia, es tarea de cada quien tratar de vivir cada día con un poco de paz, y mucho más significativo, encontrar líderes, gente que nos inspire para y nos modele con su ejemplo, que la violencia no es la mejor salida ante una situación cargada de violencia.

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