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El Valle de las Posibilidades Eternas (1)

1 Los hermanos, Hunahpú e Ixbalanqué, participaban altivos y alegres en el sagrado Juego de la Pelota, haciendo rebotar el balón de cuero con las rodillas, los codos y la cadera, con el objetivo de mantenerlo siempre en el aire y lograr que los contrincantes lo dejen caer al suelo, mientras se intentaba que atravesara un aro de piedra con forma de serpiente situado a dos metros de altura, esto significaba la victoria automáticamente. El improvisado estadio se hallaba en los lindes de la región de las Cascadas Cristalinas, donde los centauros retozan, compiten y gozan del canto de las sirenas del lago; había un bosque a la orilla izquierda y el aro se había hecho en una loma rocosa a su derecha. Los muchachos competían contra dos jóvenes centauros que, aún apoyados por sus seis extremidades, apenas podían mantener a raya la habilidad de Ixbalanqué y su hermano. El público era una muestra variopinta de los habitantes de aquella región del Ensueño, centauros, ninfas, unicornios, s...

La flor violeta (3)

El dios Pan era el más risueño de los dioses, su vida inmortal era un casi ininterrumpido goce de placeres, entre el toque de flauta para hacer bailar a los traviesos unicornios, el cantar canciones con Apolo y Orfeo, los juegos y certámenes de puntería con los gemelos Hun Hunaphú e Ixbalanque, sus viajes acompañando a los centauros hasta el Gran Océano, y sus eternos romances con las ninfas de los bosques,  de los lagos y de las montañas. Momentos llenos de alegrías, suspiros y risas, rupturas y reencuentros; en definitiva, una vida realmente digna de ser eterna, llena de amigos y amigas. Entre todos estos compañeros de alegrías, el feliz Pan quería más al menos feliz de sus amigos, el sátiro Bdelieros. Quien vivía prácticamente aislado en su cueva, sin salir para casi nada desde hacia años. El sátiro nunca había sido alguien sociable, pero al menos antes salía una vez al día a recolectar rosas violetas. Hacía casi cincuenta siglos que Pan fue sorprendido en su eterno jugar con...

Día internacional del libro

Desde 1995 la UNESCO promulgó que el 23 de abril de cada año sería asignado como el día internacional del libro, como una forma también de rememorar y honrar el fallecimiento en dicha fecha de Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Actualmente se recuerda en más de un centenar de países con diferentes tipos de conmemoraciones y diferentes intensidades. Quiero aprovechar esta fecha para hacer una reflexión sobre lo que los libros y la lectura han significado en mi vida. Recuerdo que en la infancia los libros me parecían cosas curiosas, había pocos en la casa. Obviamente había una Biblia, era una Reina Valera del '60, a la que le faltaba una buena cantidad de páginas, no recuerdo entre cuales libros, creo que eran los proféticos. Esa Biblia la hojeé múltiples veces, sobre todo los libros del Pentateuco, los Evangelios y el Apocalipsis. Este libro me obsesionó durante mi pubertad, me parecían increíblemente atrayentes y perturbadoras sus imágenes: el dragón, la be...

Duelo

La libelula estaba cansada de estar quieta, diseñada para volar rapidamente la inmovilidad tenía un efecto nocivo en sus músculos y su psique. Estar en un mismo lugar por mucho tiempo, y dos horas era una eternidad para los insectos; hacía que las alas se le durmieran, las patas se le gastaban, fijas en la superficie y su mente divagaba, se perdía distrayéndose con cada detalle que surgía a su alrededor. Y era esto último lo que debía evitar, ya que su inmovilidad no era fortuita, era por supervivencia. A unos cuantos centimetros se encontraba un geko, notablemente hambriento, viéndolo, esperando, a punto de lanzarse hacia donde estaba la libelula, lito para engullirla de un zarpazo. Así seguía la espera y crecía la tensión. El geko estaba en su ambiente, el silencio, la quietud, la inmovilidad. Hecho para ser paciente, meditado y precavido. Sus ojos fijos en su presa, sus patas quietas en la superficie, listas para saltar y atrapar, la cola con movimientos lentos siempre buscand...

Semblanza de Benedicto XVI

Una opinión meramente personal............................................ El lunes 11 de febrero, el Papa Benedicto XVI, Sumo Pontífice de la Iglesia Católica y Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano, anunció su renuncia para al cargo que ostenta. Esto causo admiración y consternación general, ya que la mayoría personas considera este ministerio de índole religiosa algo para toda la vida, y no creían que se podía renunciar a el. Desde 1415 un Papa no renunciaba, dando casi 6 siglo para el último acontecimiento similar al que estamos viviendo, una cantidad suficiente de tiempo para generar dudas y teorías conspiránoicas sobre las razones de tal decisión, para muchos, inesperada. Seiscientos años sin una renuncia papal, da paso a que, tomando en cuenta los increíbles cambios sociales desde aquella época, este acontecimiento sea del todo inédito. Cuando Gregorio XII renunció pudo desaparecer en el anonimato característico de aquel tiempo de las postrimerías de la Edad Media...

La flor violeta (2)

Frío, hielo e indiferencia rodean a la reina Ihzé, soberana de los Montes Blancos, emperatriz de los duendes y las hadas de la nieve, señora de toda creatura de hielo, hermana del Señor del Oeste, regente del Valhala, hija de la Eón del Agua. Pero la reina Ihzé tiene un corazón cálido, su alma sensible vibra de emoción al contemplar la belleza y la ternura. En su reino de Imer, donde su voluntad y su poder son tan incólumes como los témpanos sempiternos; en su alcázar de cristal, donde cien hadas le atienden profusamente, pero sin sonreirle, siquiera una vez; no había nada que le conmoviese el corazón. Solo en sus habitaciones, cuando se hallaba recostada en su lecho de piel de mastodonte blanco, los muebles de márfil, sus trajes negros, rojos y dorados, la reina Ihzé podía abandonarse a su máximo deleite. Ahí, escondido entre las inmaculadas pieles que los osos blancos mudan cada año, la meláncolica soberana guardaba sus mayores regalos... Un día, lejano ya, uno de los duend...

Las flores violetas (1)

El sátiro Bdelieros odiaba el brillo suave y sosegado del sol al amanecer, detestaba el jolgorio vivaz de las aves en la mañana, no soportaba los jugueteos de los ciervos al mediodía, ni se conmovía ante la belleza de las rosas, ni gustaba de escuchar la flauta de Pan, ni del canto de las sirenas, no era contagiado por la alegría que lo rodeaba, y nadie lo había visto nunca suspirar o sonreír. Por lo único que Bdelieros salía de la cueva que le servía de vivienda, era para recolectar flores, y no para usarlas para alguna clase de adorno, sino que le gustaba guisar el conejo con flores de todos los colores, aunque había notado que siempre tenía mejor sabor con las que eran de color violeta. Bdelieros iba directo a un paraje floral siempre repleto, aunque estaba alejado de su cueva. En el trayecto no hablaba con nadie, ni se detenía a contemplar nada. El campo de flores estaba en un valle cercano a los Montes Blancos, y el contraste de ese caleidoscopio de colores con el fondo frío...