Los árboles cantaban una vieja tonada, entre los susurros de sus hojas. Chiquillos corrían por el prado, sus padres ociosos en la alfombra improvisada los veían corretear al tiempo. Las risas infantiles se perdían en ese día luminoso de abril, donde todo parecía tan cercano.
Él caminaba pausado, con la parsimonia
que el tiempo le exige al cuerpo cuando la energía es un recuerdo. Llevaba un
libro bellamente encuadernado en su mano izquierda, mientras su derecha la
apoyaba con un bastón. Su pelo blanco muy corto le daba cierta solemnidad, pero
su ropa era sencilla, de décadas ya muy pasadas. Su paso era firme, como lo
fueron sus decisiones en su vida. Vio a los niños, las parejas y a los viejos
árboles melancólicos. Suspiró. Vio una banca sola a un extremo del linde del
bosquecito y se sentó en ella. Y esperó.
Recordó la primera vez que la
conoció. En aquella briosa y distante juventud. Eran prácticamente
adolescentes. Comenzaron a besarse casi como en un juego, al menos para ella,
para él fue como probar el fuego con los labios y sentir que las manos se le perdían
entre la piel morena de ella. Todo fue así, intenso, rápido, breve y doloroso,
todo terminó abruptamente, con dolor e incomprensión por su parte y de
distracción e indiferencia por parte de ella.
¿Cuánto duró? Semanas, quizá un
par de meses, y aun así la experiencia le marcó. Su vena poética sacó de esos
días chorros de tinta. Lágrimas, dolor, sueños inconclusos, todo hecho letras
en arrugadas páginas de viejos cuadernos. Gritos en la oscuridad, sollozos en
la soledad.
Pero pasó, como cualquier ciclón
o terremoto, pasó. La vida de ambos avanzó. Encuentros esporádicos, idas y
venidas, letras aquí, llamadas allá. Hicieron sus vidas en su momento. Fueron
felices a sus respectivos modos.
Décadas después de ese primer
encuentro, ambos habían quedado solos de nuevo. La tragedia y el desamor los
habían empujado a reencontrarse. La antigua conexión avivó unas cenizas casi
apagadas. Ambos se sorprendieron hablando, haciendo, tocando, besando, amando,
como si la carne les pidiera concluir aquel inicio zanjado. La pasión les
marcó, como si sus cuerpos se reconocieron de hace siglos, y los labios y las
manos supieran donde ir, qué hacer, qué anhelar. Sus nombres resonaron en los
oídos del otro, con honda pasión.
Luego, de nuevo, todo acabó. La
prisa los había llevado demasiado lejos, demasiado pronto, demasiado fuera de
lugar. Al asentarse la niebla de la melancolía no hallaron asidero y se
tambalearon en un pasado que era casi un presente de tan cercano que era. Y la
indecisión y la inseguridad les melló su futuro.
La vida de ambos siguió, como el
sol y la luna, en un danzar que no eligieron pero que tenían que vivir.
El tiempo tragó más y más días,
como si ardieran en una fogata de momentos breves que se vuelven cenizas al
pasar los años. El vigor los abandonó, pero no el sentimiento, calcificado en
sus almas, arrinconado por la rutina y el tedio.
Él suspiró, ella ya venía por el
camino. Con un paso más firme y una sonrisa en los labios. Su corta cabellera negra
llena de hilos plateados que reflejaban el sol primaveral, su piel morena se
asentaba en la belleza de los años. Esos ojos marrones le miraron, y él vio
ternura y felicidad en ellos. Llevaba un libro en su mano derecha, con tapas de
colores. Se sentó junto a él, le dio un beso en los labios, recostó su cabeza
en su hombro y por un momento guardaron silencio. Luego ambos abrieron sus
libros e intercambiando una sonrisa suave como la brisa que les llegó del
cielo, empezaron a leer, mientras se tomaban levemente de las manos,
entrelazando apenas los dedos. Él no pudo evitar escapar una traviesa lágrima,
pero esperó que ella no lo notase, sonrío, mientras esa banca se llenaba de un
viejo amor, construido con los años, con las idas y venidas.
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